Suzanne Cleminshaw













El profesor de filosofía
(Historiografía personal)
Primer día en cuarto año. Quince años. Ganas de tirarnos en la playa en lugar de estar en el liceo. Los pasillos eran un bullicio: carreras, gritos, cantos. Nadie quería entrar a clase, pero a medida que los profesores iban llegando, no quedaba más remedio.
Hasta que sólo quedó un grupo afuera. Conversaban y cantaban entre ellos, parados en la puerta del salón.
Entonces apareció caminando por el corredor: pantalones ajados, una remera que no conocía la plancha y el pelo más enmarañado que el de un chimpancé. Caminaba con pasos largos y brutos, tenía las cejas tan espesas que parecía severo, enojado. Se paró delante de la puerta, miró hacia abajo y metió un dedo entero por uno de los agujeros de la remera. Abrió la puerta y entró a la clase.
Tuvo paciencia, esperó a que todos se sentaran y comenzaran a divagar sobre este tipo que, se suponía, iba a enseñar filosofía. “Mi nombre es Martín”, dijo con voz áspera y fuerte.
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La materia se disfrutó y fue bastante educativa, no sé si tanto en filosofía, pero salí de cuarto de liceo sabiendo tomar tequila y conociendo los grupos de música del sesenta y setenta. Además también el mito de prometeo que lo dimos cuando fue la directora a la clase.
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Primer día de sexto de derecho. Los niños de cuarto de liceo que les habían sancionado el decorado de la ventana del día de la primavera (eso merece otro post) eran personas casi maduras (muy casi), decididas y con ganas de discutir.
Todos los grupos entraron a los salones, pero ellos no, seguían en el pasillo conversando. El profesor no aparecía.
– ¿Te acordás cuando nos pasó esto en cuarto? –comentó Fico a un grupo de personas que estuvieron con él todos los años de liceo.
– Si. Y llegó Martín –comentó Emma.
Martín, el profesor de filosofía, al que habían denunciado por pegarle a un alumno, al que habían acompañado a la playa a fumar cosas que mejor no nombro para evitar problemas, aquella persona que había hecho que Emma se subiera a un banco a cantar (y los dos compañeros que estaban al lado corrieran despavoridos).
Y llegó Martín, el profesor de filosofía. Otra vez. Entró a la clase, esperó a que todos nos sentáramos y él fue a la ventana. "Mi nombre es Martín. Algunos de ustedes ya me conocen", dijo.
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Ese año enseñó filosofía.


Emma.
Le gusta ir a la moda, salir con las amigas y la música. Los hermanos mayores estamos para facilitarles el camino a los que vienen atrás. No sé de qué forma lo pude haber hecho con ella, porque, aunque dicen que somos parecidas, no tenemos nada más que la genética en común.Mis hermanitos cuando de verdad eran "itos"

Con aquel mundo en la cabeza volví a mi vida de ser la mayor, la responsable. Y de alguna forma, casi sin darme cuenta, llegó otro hermano. Más alto de lo normal, más alérgico que cualquier persona que conociera, con más entusiasmo de lo estándar. Lo único que sabía decir en español era algo acerca de la cena y nunca entendía los chistes.Emma
Emma era una pequeña niña (casi) rubia llena de rizos que un día fue a la peluquería con su papá. Sí, por raro que suene, fue con su papá. Las órdenes de su madre fueron claras: debía (sólo) cortarse las puntas. Pero, y echándole la culpa a la peluquera que era lenta, mientras tanto, Emmita vio la foto de una modelo preciosa con el pelo corto y cerquillo. Ni la (inmunda) peluquera ni su (iluso) padre se opusieron al corte de cabello de la (encantada con la foto) pequeña, por lo que salió de la peluquería al mejor estilo Cristóbal Colón.
Medio año después de terminar el liceo se fue. Y yo no estaba para despedirla. Sí estuve la primera vez que volvió. Y la segunda, y espero estar todas las demás. Estar acá, para darle un buzo más mientras no se acostumbra al frío de invierno después de vivir con calores caribeños todo el año.“Bienvenidos a la inauguración de este: mi nuevo cuaderno del terror. El objeto que si llega a caer en las manos equivocadas provocará el fin de mi orgullo”
Mi primer contacto con un diario íntimo fue triste. Era el cumpleaños de una amiga y uno de sus regalos era un hermoso cuadernito lleno de dibujos marcados en dorado y un candado con dos llaves. “¡Un diario íntimo!”, exclamó ella encantada y yo, secretamente, comencé a pensar en todas las cosas que podría escribir si llegaba a tener uno. Tenía seis años, mi vida era muy excitante.
Pero mi madre se rehusó a comprarme uno hasta que no corrigiera mi letra y (ella soñaba) mis faltas de ortografía. Así que exprimí al máximo mi creatividad y me hice uno: un montón de hojas grapadas con un gancho viejo y en la primer hoja había escrito: “Mi diario íntimo”. Lo escondí en mi lugar secreto, en un cajón del escritorio de mi tío. Así que toda la familia se enteró lo que había escrito en mi precioso diario.
El segundo contacto no fue mucho mejor. Me habían regalado uno para mi cumpleaños cuando cumplí ocho. Con una carrera de niña insoportable y mal criada que acarrear y dos hermanos menores de cinco y un añito, siempre tuve niñeras (hasta los dieciocho años, sí). Pero ninguna tan chusma como Beatriz que se encargaba de hacerme la vida imposible y no me dejaba jugar con los autitos de mi hermano por el simple motivo de que cuando me aburría no los juntaba. Abrí mi diario y debajo de donde decía que me gustaba Nicolás, puse que Beatriz era una pesada.
Al otro día ella me zarandeó un poco y me dijo que no era ninguna pesada. “Yo nunca dije eso”, me defendí. Y ella, la muy hipócrita, me dijo que lo había leído en mi diario, es más, me hizo borrarlo. Supongo que en ese momento llegué a la conclusión de que no era tan íntimo después de todo por mucho candadito que tuviera.
Otros incidentes poco afortunados fue correr al hermano de Nicolas por toda la casa diciéndole que me gustaba, mientras Nicolás leía que el que me gustaba era él. Y enterarme que mi mejor amiga había leído que me molestaba jugar a todo lo que ella quería.
Me tomé un tiempo con los diarios íntimos antes de terminar la escuela y los primeros años de liceo. Pero la tentación fue más fuerte, así que en la primavera del 2000 volví a iniciar el vicio. Fue como con los cigarros: primero probas a ver que tal es, después fumas en fiestas, para que no digan que sos un amargo y cuando querés acordar, ya no podes pasar. A mí me pasó lo mismo con los diarios íntimos a partir de segundo de liceo: agarré un cuaderno grueso para escribir mis cosas privadas para no ser diferente. Después ya, si bien decía que era para no ser diferente, me gustaba hacerlo; tirarme en la cama descalza y pensar en todo lo que tenía para escribir: los chusmeríos de todas mis amigas, las discusiones con mis padres, lo insoportables que eran mis hermanos y el infaltable él que decoraba todas las hojas: “¡Me saludó!", “Lo miré, me miró, nos miramos”, “Etc”.
A medida que creía y veía que mis amigas dejaban el vicio de escribir y yo seguía firme a la pluma, comencé a cuestionarme la idea de mentir: “Nooo, yo no escribo más tampoco, eso es de niños”. Pero me encantaba mostrarles como decoraba las páginas de mis agendas (Pacualina) con las fotos de los que nos gustaban a todas, entonces listo, si eran mis amigas que me bancaran.
Pero de todas formas, después de escribir ocho agendas en un solo añito comencé a plantearme mejor la situación. No era como que me iba a morir de cáncer a la mano por tanto escribir, ni mis neuronas iban a dejar de funcionar por tanto que lo hacía. No podía ser tan malo entonces, ¿No?
No puedo estar sin escribir porque tampoco cuento las cosas y si se quedan allí, se transforman en esas pastillas que cuando se ponen en agua largan efervescencia y joden. Me ayuda a quitarme las cosas de la cabeza y plasmarlas en una hoja, a conectarme conmigo, a abrirme. Y a reirme de las macanas que me mando cuando leo lo que escribí.
No me imagino viviendo toda la vida cerrando un cuaderno con un candado (que siempre dejaba de usar porque lo perdía) pero tampoco me la imagino dejando de escribir.
Por alguna razón, las cosas que dicen “No mirar” o “Prohibido pasar” son las que causan mayor curiosidad. Yo sigo firme a mi vicio e inculcándolo en otras personas. Y reconozco: si mis cuadernos del terror llegan a caer en las manos equivocadas, mi orgullo (que es abundante) se caería por las escaleras.
Emma

No sé mucho sobre el vino, pero mi poca capacidad de asimilar algo sobre el tema sabe que cuando se cata primero se mueve la copa, después se huele y luego se prueba. El olor da cierto gusto al vino, entonces, cuando se degusta, si el vino es bueno, completa la sensación que presentó el olfato.
Carrera con obstáculos. Cualquier persona que camine por 18 de julio un día entre semana y no tenga intenciones de mirar vidrieras puede considerarse campeón de carrera con obstáculos. Carrera porque la propia gente lo empuja a uno a aumentar la velocidad, con obstáculos porque siempre está la señora con bastón que no se puede pechar o el grupo de amigas que caminan todas agarradas del brazo, trancando la calle.
Ruido. Bocinas, ómnibus con catarro, los tacos de la mujer que camina adelante mío, los gritos del señor que vende despertadores en la calle y los despertadores demostrando que funcionan. Mis pensamientos que pelean entre sí, el celular que suena en el fondo de mi bolso y mi mp3 que no funciona.
Puede que no llueva en toda la semana, pero cuando se levanta la mirada al cielo, al pie se le da por pisar una baldosa floja y el vaquero queda negro de barro. Los ojos vuelan al piso, pero, concentrada en la puteada, el otro pie pisa otra baldosa floja (que en Montevideo no faltan) y empareja el barro con la otra pierna del vaquero.
Sí. Volví a Montevideo. Pero la única forma de estar segura es cuando escucho al viejo borracho con una frazada en la espalda que amaga a acercarse e intenta articular: “morocha, dame un #eso” (¿Qué dijo: peso o beso?).
Emma.
Soy un témpano, es cierto.
Necesito una llama que me derrita.
No, no me gusta sentir frío. Me gusta el invierno, pero cuando tengo una manta cerca. De todas formas, las mantas que he encontrado por el camino, son todas de texturas ásperas y rancias. No me abrigan del frío, solamente me hacen sentir mal porque no son lo que quiero… es como que me conformo con lo que hay. No me conformo.
Todo hombre tiene sus preferencias. Resulta que las preferencias de él no se parecen en nada a mi.
¿Tener y perder o nunca haber tenido? En un primer momento pensé que prefería nunca haber tenido, entonces estaría deseando sobre una ilusión, nada con base real, y tarde o temprano, ese deseo terminaría marchitándose y moriría. Luego lo vi. Entonces cambié de opinión. Un momento para toda la vida.
Emma.