La novia es preciosa, tan delicada que parece que grita pidiendo que alguien la proteja. Todos se olvidan de su currículum de piernas abiertas cada vez que la ven. Pero está con él. No sé si me molesta más que esté con él o que todos mis amigos me recuerden que es tan bonita. ¿Y yo qué? Y yo nada, dándome por los rincones por estúpida, por fijarme siempre en el incorrecto, por no tener poder de decisión sobre mi gusto.
Voy a ser buena uruguaya y le voy a echar la culpa a otra persona: ¿Por qué Mimi tenía que invitarlo a la fiesta? Me arruinó la noche, todos los planes de tomar y tomar, de conocer al amigo de ella y de pasar un rato divertido se fueron a la basura cuando lo vi entrar. Solo.
Entiendo que tiene edad suficiente como para no querer saber nada con pendejas como yo, que se aburrió de las macanas. Pero yo tampoco tengo ganas de crecer, no por él ni por nadie.
No soy un pedazo de hielo, pero tampoco quería ceder. Muchas noches pensándolo y llegué a la conclusión de que no podía ceder, que por más que me muriera por hacerlo, por más que después llorara sin parar toda la noche. Otra noche más llorando por él. Si cedo pasaría un buen rato. Me sentiría cuidada, querida y bonita. Es el poder que él tiene sobre mí. Siempre. Y lo peor es que me gusta. Pero es sólo un rato, después lo vería pasar con ella y ahí sí que no habría consuelo posible.
¡Lo detesto! Detesto el poder que tiene sobre mí. Detesto que me mire y yo no sepa que hacer con las manos. Lo detesté cuando vio que me despedía y ofreció llevarme a casa. Y lo detesté más cuando no le pude decir que no.






























