
He decidido que mi falta de voluntad se debe a mi falta de pasión.
La ruta es para mí como la pelota de fútbol era para Oliver Atom: mi mejor amiga. Nunca me abandona, siempre está pronta para iniciar la batalla cubriéndome la espalda. Por lo tanto, cada vez que tengo problemas, recurro a ella. Comportamiento no siempre sano, pero que brinda una oportunidad: la de volver a comenzar.
Siempre me gustó esa posibilidad, siempre la busqué. Un nuevo colegio, nuevos amigos, otro color de pelo. La posibilidad de ser de una forma en un momento, con ciertas personas, y de otra en circunstancias distintas.
Alambrado, pasto, vacas (muchas vacas) y árboles. Pero, además, la ruta presenta un sinfín de cosas más allá de la vista. Posibilidades, circunstancias y sueños. Toda una serie de imprevistos que se resuelven al momento, sin fechas ni cronogramas.
Me queda poco tiempo con Otra Sinfonía.
18 de julio era una fiesta, desde el Obelisco hasta la plaza Independencia, donde había una pantalla gigante. No importaba nada, ni los partidos políticos ni la profesión ni el color de la piel. El país salió a la calle con lo que tenía puesto: pijama, pelucas y calzoncillos, de todo se vio en la avenida. Planchas agitando con entrajados, todos cantando que somos celestes, que vamos a volver a ganar como la primera vez y alabando a las manos de Suárez. A paso tranquilo, aplaudiendo, levantando los brazos, ondeando banderas sobre el cielo oscuro de una tarde de invierno que nos regaló un calorcito otoñal. Personas en el techo de los ómnibus, de los quioscos de revistas, trepados a los semáforos o a los carteles de las calles. Todo era una fiesta, todos festejábamos. Y si nos cruzábamos a alguna persona seria, entonces le gritábamos “Uruguay, nomás” y la persona festejaba con nosotros. El insistente sonido de las trompetas uruguayas no molestaba.
Había decidido que si perdíamos no me molestaba, después de todo, al ver la complicada selección que tuvimos en América, ¿Quién daba dos pesos por nuestra selección? Pero la esperanza es lo último que se pierde: ver entrar al equipo, escuchar y cantar el himno y ver a Lugano pasando nuestro escudo con el equipo contrario, todo nos daba para adelante. Empatamos el primer partido, le ganamos al local y vencimos a México. No sólo pasamos la primera ronda sino que fuimos los primero del grupo. Uruguay nos ilusionó, nos dio tantas alegrías en este último mes. Que ya no importaba. Habíamos llegado a cuartos de final y parecía suficiente. Pero durante el partido cambié de opinión, por más cartas anti racismo que se leyera antes del partido, fue un juego sucio donde el árbitro mostró que tenía una clara inclinación a favor de los rivales. Pero lo dijo el Maestro: ningún árbitro puede vencer a un buen equipo. Y vaya que han demostrado ser buenos.
Ellos son excelentes y a mi me llena de orgullo que representen a mi pequeño país.
Supongo que encontraré otro grupo de música que, una vez de vuelta en casa, no podré escuchar porque los recuerdos serán demasiado fuerte. Destiny’s child me despertó durante tres meses para poder ir a la secundaria. Escuchaba r&b mientras veía nevar por la ventana y cuando me sentaba en el porche para sentir el aire frío en las mejillas. Una vez en Uruguay, otra vez, con frío nada comparable e inviernos coloridos, escuchar ese cd era duro. Quedó archivado en el último rincón esperando el momento de resurgir.
¿Quién será esta vez? ¿Qué voz me traerá recuerdos del verano, de la luz que se pierde en el horizonte?

Adriano fue el segundo emperador romano que no era nacido en Roma. En lugar de conquistar más terrenos, se preocupó por cuidar los que ya eran parte del Imperio. Con esa intención construyó una muralla que iba de un extremo al otro de Bretaña, con zanjas a ambos lados y del lado romano con diferentes trampas.
Era un muro tanto físico como psicológico. Pues me encuentro en un momento de la vida al que bautizo como “muralla de Adriano”. Y al leer recortes de mi vida veo que no es la primera vez.
El proyecto final y la historia del guión. Ay, dolor. Ay, cabeza, decidí de una vez.
Junio, 2009.
Ani deja a Nicolás “hecho pelota”. Es mala.
¿Qué siento? Que quiero ser mala.
Seguramente escribo horrible y no se me entiende nada. Debo dar pena. Confío en él, entonces sé que escribo mal. Por lo tanto, también leo mal, porque no puedo seguir ningún estilo. Tal vez tendría que haber estudiado Derecho. Ser escritora no es para mí. Ni todos los talleres del mundo me van a poder ayudar. No importa, una vez que tenga el título voy a hacer algo que tenga nada que ver con esto. Ni siquiera escribir un pedido. Lamento que tenga que leer de veinte a treinta carillas con mi in entendible escritura, con este estilo “sin estilo” que no entiende y tanto le disgusta. Lamento que no pueda librarse de mí y que cada vez la pesadilla crezca de tamaño. Pero más lamento tener que repetirme todo el tiempo que no voy a permitir que él decida mi futuro, que no es quién para decirme en qué soy buena y en qué no. Me gusta contar historias. Me esfuerzo por ser buena. Soy lo mejor que puedo ser, aunque no sea suficiente. Siempre se puede dar un poco más, lo sé y lo intento. Pero para él no es suficiente. Y cada vez que salgo de la clase quedo como Nicolás frente a Ani: hecha pelota. De la misma forma que Ani, él no se da cuenta del amor-odio que provoca. No puedo evitarlo, lo admiro, lo defiendo, lo respeto y lo tomo en cuenta.
Lo quiero de una forma romántica pero de Romanticismo. Como el héroe al viejo sabio. Lo admiro como un niño a un adulto. Él es mi Nicolás.
Nicolás la encierra en el baño porque la vergüenza la sufre él, no ella. Y al insultarla, o increparla, sólo se saca su parte de amargura para pasársela a ella. Nada más. La reta para sentirse mejor con él mismo.
“Vio que hacía con otras personas lo que quería que hiciera con él”.

Hace un par de días me asomé al pozo de aire y le grité a la persona que mal entona el Para Elisa que quería escuchar Let’s misbehave. Descubrí que esa persona es un hombre entrado en años que vive en el apartamento de abajo. Él también se asomó al pozo de aire para decirme que no sabía de qué canción le estaba hablando. Paso siguiente até mi película De-lovely a una cuerda de nylon y (con cuidado) la bajé hasta la planta inferior.
Al otro día su esposa tarareaba Let’s fall in love y en el piano se mal escuchaba un inicio de mi canción. La que hoy me regaló.