Monday, September 14, 2009

Cocina: primeros encuentros


Hay personas a las que les gusta cocinar. Y hay otras a las que no. Yo entro en la segunda categoría. Aunque por costumbre se le va encontrando el gusto y es cierto que entre cocinar y lavar prefiero toda la vida cocinar, sigo sin ser fanática de la sartén. Soy la típica mala mujer que pone una torta en el horno y se acuerda que lo hizo cuando siente olor a quemado.

Safé de cocinar mientras vivía con mis padres, pero al venir a estudiar a Montevideo la suerte cambió. De pronto me vi ante la comida congelada o pasteles comprados con asqueroso sabor a plástico quemado. Era o la cocina o la desnutrición. Y me gusta bastante comer, así que me arriesgué a poner agua en la olla.

Me acuerdo que era junio. Había aguantado comiendo tomate y panchos hasta ese mes. El arroz nunca me quedó bien en el primer año de facultad: o le metía demasiada agua o no le metía suficiente. Mis amigas se reían de mi (¡Cómo no vas a poder hacer arroz! ¡Arroz, lo más básico!). Yo las dejaba reírse, sabía que era un desastre y los desastres siempre son graciosos.

Pero ese junio tenía ganas de comer fideos. Si hay algo más básico que el arroz son los fideos. Esa bolsa con moñitas amarillas que nunca se vencen y que nos quitan de todo tipo de apuros. Por supuesto que yo no sabía cocinar fideos. Y en el MSN no había ninguna amiga.

Pero estaba mi padre.

"Papá, ¿cómo hago fideos?". Risas, por supuesto. Cuando comprendió que yo no bromeaba (que REALMENTE no tenía idea si tenía que poner los cositos amarillos cuando el agua hiriviera o si tenía que ponerlos con el agua fría y esperar a que hiriviera) comenzó a tirarme la información por cuotas.

Yo corría de la cocina a la computadora. Leía un poco de información y volvía a revolver. Y volvía a poner la sala. El aceite. A probarlos: no entendía cómo me iba a dar cuenta que estaban prontos. Hasta que los pude sacar. No tenía queso rayado. Corrí hasta el almacén de la esquina, compré queso y un huevo, que papá me dijo que quedaba bien. Lo que papá no me dijo fue que el huevo era demasiado grande para mi pequeña proción de fideos con queso.

Almorcé mi propia comida. Más que nada porque tenía hambre y no había nada más. Pero era mía, la había hecho YO. No importaba que hubieran quedado crudos ni el huevo de más ni nada. Eran míos. ¡Y había decidido que el arroz tampoco me iba a ganar!




4 comments:

lelisenar said...

Ánimo, te acompaño en el sentimiento. Casi cuatro años en montevideo y sigo sin saber hacer arroz. También tuve un día en el que me pregunté cómo se hacían las moñitas, y no hace tanto. Besos!!!

juan rafael said...

Yo me obligo cada dos semanas a hacer un plato nuevo: voy cogiendo recetas de internet.
Intentándolo es como se aprende.
¡Animo!

Emma said...

Después de cuatro años ya tengo bastante práctica. El arroz me queda bárbaro, las hamburguesas también. jaja.

anonetoy said...

¡Ya el Crandon! Personalmente, pasé de ser un don nadie a convertirme en un Don Juan con ese libro, porque las mujeres admiran a los hombres que saben cocinar strogonoff, comida china, etc. De hecho, aprendí a desmenuzar el pollo a través de este libro.

Hay un antes y después del Crandon.