
Me paro en un escenario y cobro vida.
Comienzo a decir frases escritas y estudiadas previamente, repetidas tantas veces. Me muevo. Cada paso está pensado y ya lo he hecho antes hasta que se convierte en mecánico.
En ese momento vivo, respiro, tiemblo, siento. Soy más yo de lo que soy cuando no estoy allí. Soy tan yo que a mi nombre lo usaron miles de mujeres antes y lo seguirán usando después. Pero odio como Clitemnestra, enloquezco como Lady Macbeth, soy tan inocente como Julieta y puedo ser tan lanzada como la cantante de un cabaret.
La gente me mira y me cree. El publico, atento, escucha cada palabra con atención, en silencio, sin dejar de mirarme, sin dejar de sentir como lo hago yo.
Mientras yo sigo haciendo y diciendo lo que aprendí gracias a tanto trabajo, tantas horas dedicadas. Miento descaradamente a personas que no conozco. Cambio mi nombre, mi edad, mi personalidad.
Bajo del escenario. Vuelvo otra vez al estado de coma, otra vez a estar muerta en vida. Apoyo nuevamente mis pies en el aire, me siento vacía e inútil. Vuelvo a querer ser yo.
Miento, sin vergüenza. Pero ¿A quién miento? ¿Al público o a mí?
Emma